martes, 11 de febrero de 2020

Los hijos que entregamos a la sociedad


Publicado en:
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

¿Qué tipo de hijos o hijas estoy dispuesto a dar a nuestra sociedad?, debería ser una interrogante para quienes tienen planes de asumir paternidad y maternidad. ¿Qué tipo de hijos o hijas estoy entregando a nuestra sociedad?, debería ser hoy una alerta para quienes ya son padres.

Sobre el tema hay bastantes escritos y tratados, desde científicos hasta dogmáticos, que se esfuerzan por orientar y ayudar a darle al mundo personas que sumen, con valores y principios. No obstante, como individuos, familias y sociedad, algo potente nos contamina y a velocidad.

Los que aún respetan están muriendo por vejez. Cada día son más evidentes nuestras distorsiones y aberraciones. Elegimos como gobernantes a los peores cuadros, vemos a la política o la religión como oportunidad de enriquecernos, callamos ante el acoso y la violencia contra la mujer, somos indiferentes ante el asesinato del planeta, callamos los feminicidios y la violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes, practicamos aún la discriminación y maltratamos a los indígenas, toleramos la corrupción y la impunidad, aplaudimos el abuso de poder, festejamos el egocentrismo, la avaricia, el materialismo, etc. Nos seguimos autodestruyendo como especie y parece generarnos placer.

Seguimos siendo la especie humana, cruel, egoísta y depredadora que no aprende del pasado.

En esa línea de reflexión, considerando lo que tenemos o en lo que nos hemos convertido, creo que podemos fallar en todo, en el curso de nuestra vida, menos en “formar,” “educar” o “cultivar” a los hijos; aquellos que decidimos tener.

La salud de la sociedad en la que vivimos, y sin importar si nacimos en ella, entre otros factores, depende de la calidad de hijos que le entregamos. Los principios y valores, que marcan y orientan nuestras vidas, los adquirimos en el seno del hogar (papá y mamá fundamentalmente juntos o separados) y debemos esforzarnos en sembrarlos y cosecharlos en los que nos suceden, en el ciclo de la vida.

Nada sustituye al papel de los padres, por eso es un gran error asumir que es la sociedad, y en ella el proceso educativo, el que cultiva a nuestros hijos y los prepara para la vida. Los que abandonan –cobardemente– a los que procrearon no saben lo que se pierden. La vida les cobra la factura, tarde o temprano. Una forma, de las varias que hay, de realización de los humanos es la paternidad y la maternidad y solo se entiende cuando se lo vive.

En esa perspectiva, vivir enseñando a los hijos cómo ser “exitosos” o “distinguidos”, y obviar lo esencial (principios y valores), es sumar –a lo que ya estamos viviendo– a la hecatombe humana.

Si no hay esencia y motivaciones altruistas en una vida, por ejemplo hacer cosas a favor del “bien común” o “servir sin nada a cambio”, el éxito y la distinción no sirven, porque envilecen.

Queda en ese horizonte desarrollar capacidad de renuncia y desechar cruces y estereotipos que nos atrofian e impiden tener un razonamiento lógico y amplio de lo que debemos dar a nuestras sociedades. Es abandonar comodidades y hacer y hacer y hacer para evitar que el egoísmo, la angurria y la estupidez ganen la batalla haciendo despiadados a los humanos.

Nadie más que uno sabe qué tipo de apuesta estamos haciendo por la construcción de un país con justicia e igualdad de oportunidades. Tenemos un juicio (juez) interno al que debemos responder, más temprano que tarde.

Está en cada persona cambiar o mejorar el estado de cosas que nos dañan. Está en cada padre y madre tener los hijos que desean y también sumar o restar a una mejor herencia social.

¿Construir democracia es un proceso?

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)

Si. La construcción de democracia es el proceso social más complejo que existe. Sigue siendo un cometido humano inacabado, no por el tiempo transcurrido desde sus orígenes, si no por las distorsiones y zarpazos que ha recibido de sus creadores.

Demanda tareas compartidas y, por lo general por la diversidad de los actores que intervienen, siempre enfrenta a las personas, en orden a un universo de factores, la mayoría hasta ahora, marcados por intereses individuales antes que colectivos; que han reflejado sólo perspectivas de la vida y del mundo de una minoría.

En ese sentido, en adelante, al referirnos a la democracia debemos hacerlo con mente abierta, autocrítica y espíritu creativo y constructivo. Debemos evitar un mayor desgaste de este propósito humano, situación que atenta contra su existencia. Necesitamos repensarla - colectivamente- y replantearla. Es imprescindible que el pueblo participe y hay que crear las formas.

Su carácter de proceso, cuestiona la validez de algunos supuestos que suenan mucho -como categóricos- en este tiempo, en el marco de los cambios políticos en nuestra Latinoamérica y el mundo. Decir “recuperamos la democracia”, “estamos regresando a la dictadura” o que hay peligro de ser tiranizados si es elegido determinado candidato o cierta candidata, es un error. No podemos seguir generando falsas expectativas o ensalzando conceptos que aún sólo son buenas intenciones.

Existe un innecesario e inmerecido manoseo del término democracia, sobre todo por actores clave de la vida política mediática y económica y, en esa medida, su desgaste sigue -peligrosamente- extendiéndose porque no genera soluciones a los problemas de la población. Esta sobre exposición, está acentuando su agonía y alentando a nuestros pueblos a respaldar formas retorcidas de gobierno que jamás sumarán a una cultura de paz e igualdad de oportunidades.

Recordemos que democracia, en el común de las personas, fundamentalmente por patrones “educativos”, es asociada con soluciones, servicios eficaces y eficientes, probidad y decencia de nuestras autoridades, respeto a las reglas de juego y sobre todo derechos y libertades.

En este horizonte, en la mayoría de nuestros países, la democracia está cada vez más vaciada de contenidos y fines y aun no lo comprendemos. La realidad se impone y de formas perversas. Seguimos, al hablar de ella, exhibiendo una falsa moral que se traduce en la persistencia de discursos huecos que -paradójicamente- tienen más eco en aquellos sectores sociales que menos beneficios han recibido –históricamente- y más víctimas han sido de los gobernantes que eligieron.

¿Asumimos entonces como regla, que cada país tiene la democracia y los gobernantes que se merece? ¿Qué ha cambiado -en sustancia en nuestros países- en este tiempo, si las motivaciones y gran parte de las acciones de quienes hoy nos gobiernan son las mismas, son las de siempre? ¿Qué hacer para aportar a la construcción de genuina democracia? ¿Hemos perdido acaso a su creador, al ser humano?

Que algunas ficciones, como los crecimientos económicos en países cuyos gobernantes y ex gobernantes los exaltan como algunos de sus máximos logros y los muestran como expresión -irrefutable- de democracia, no nos alejen del rumbo que necesitamos seguir. Democracia es esencialmente -además- institucionalidad pública suficiente, eficiente, autónoma de los apetitos políticos y sin cuestionamientos, que impide acentuar la marginación y exclusión.

Si nuestros políticos y gobernantes no han comprendido la importancia de una vida en democracia, este es buen tiempo para invitarlos al retiro por medio de las urnas. La democracia como forma de convivencia social, mediante el mecanismo de participación directa que les confiere legitimidad a nuestros representantes, urge renovarla y ponerla al servicio y beneficio de todos y todas.

Es un grave error no atender la reforma judicial


Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

Ninguno de los países latinoamericanos que enfrenta problemas de gobernabilidad, debido a la crisis política generada por sus gobernantes y políticos y el justo levantamiento de sus pueblos, está atendiendo responsablemente la postergada agenda de la reforma judicial.

En muchos años y hasta décadas, ningún contexto y coyuntura de país han sido más favorables que el actual para la reforma y lo están desperdiciando al dejarlo pasar. No comprenden que la sensibilidad social, por mejorar lo judicial, no surge y se exterioriza siempre.

¿Existirá justificación alguna, a tamaña omisión? ¿Desconocimiento de su vital importancia, a lo mejor? ¿O cálculo político, para sacar ventajas presentes y futuras?, considerando que en casi todos los Estados la crisis estructural de la justicia es el talón de Aquiles de su rumbo democrático.

Más extraño aún resulta, porque de nuestros políticos y Gobiernos (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) podemos esperar muchas cosas, que el mundo académico, las universidades, los gremios de abogados y sectores “especializados” de la denominada sociedad civil (las ONGs), hayan bajado la guardia y no sostengan una demanda clara y firme de “reforma integral al sistema de justicia” o “política de Estado en materia judicial”.

Se conforman con pedir renuncias y a dar una que otra pincelada, descalificando el estado de la justicia, pero no entran, autocríticamente, al tratamiento del fondo del asunto. Sigue primando la sed de desquite que el deseo de abordar, seriamente y con perspectiva de instituciones queridas, los temas pendientes de la agenda nacional. Asumen como sinónimos reforma judicial y algunas medidas mediáticas sobre algún asunto –superficial,y desarticulado– del funcionamiento del engranaje judicial. Hasta las agencias de cooperación internacional no saben cómo apoyar esta agenda pendiente, por eso su perfil bajo.

Seguimos en lo mismo que ayer y el pasado. No hay un propósito de trascender de lo epidérmico y acomodaticio –políticamente– a una acción integral del Estado y población, en pro de las instituciones que hacen al sistema de justicia. Si algo existe, todo se agota en la crítica; irónicamente con más golpe y saña de parte de los políticos desde dentro y fuera del Estado.

Si la lucha de nuestros pueblos es por la recuperación de sus respectivos países para todos y todas y por madurar y consolidar su democracia, en esta coyuntura es fundamental desarrollar y afianzar mayor conciencia social sobre los beneficios de vivir en un estado de Derecho, uno que respete los derechos humanos. Este momento solo será posible con un sistema de justicia independiente, accesible, transparente, intercultural, con enfoque de género de derechos y política pública; pero sobre todo con legitimidad social. Lograrlo solo será posible si pasamos del discurso a los hechos e iniciamos una reforma integral a cada institución que participa en el circuito judicial.

Reponernos de los acechos de la corrupción, la impunidad y otros tipos de crimen organizado y transnacional, que caracterizan hoy a los procesos políticos de poder –y por eso su afán de continuismo– no prosperará si no le damos su lugar e importancia a una genuina reforma judicial.

La reforma judicial no puede seguir siendo patrimonio de los políticos. Esta también debe ser eminentemente de nuestros pueblos que la demandan, siguen y respaldan, y estar en manos de técnicos y con participación efectiva de los jueces y fiscales de todos sus niveles.

Sin un sistema de justicia liberado, maduro y sin cruces ni cadenas, en nuestros países hablar de democracia siempre será una falacia.

Próximas elecciones ¿más de lo mismo?


Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
Coreo del Sur (Sucre Bolivia)

No existen elementos que nos lleven a decir lo contrario y es bueno –constructivamente– insinuarlo, en la lógica de motivar reflexiones más profundas, aportar al debate (que no existe) y apuntalar propuestas y prioridades sobre los problemas y necesidades nacionales; que ayuden a clarificar qué perspectivas de país tienen los políticos y lo que nos conviene como pueblo.

La forma en que, hasta hoy, los principales actores de nuestros procesos electorales se han comportado, nos lleva a afirmar que siguen primando intereses distintos a aquellos que tienen que ver con el fortalecimiento del sistema democrático y el Estado de Derecho.

Políticos, grupos de poder económico, medios de comunicación, encuestadoras, asociaciones de profesionales y otros sectores, no aprenden de sus errores del pasado. Todos continúan sin autocrítica política y persiguen, con sed de desierto, el poder para fines de venganza. Los proyectos siguen siendo solo de poder y no de país querido. Siguen concibiendo que hacer gobierno es sentido de propiedad del Estado, no rendir cuentas y, entre otras formas, fomentar la corrupción instrumentalizando leyes y controlando instituciones del Estado.

Caudillismos, dispersión, fanatismo, corrupción, impunidad, improvisación, mentiras y oportunismos, son apenas algunas de las características de la mayoría de “ofertas políticas” que tenemos a la vista. La inexistencia de partidos políticos, en su perspectiva y esencia democrática, nos pasa la factura nuevamente.

Por eso es necesario, en legítimo ejercicio de ciudadanía, separar la paja del trigo –y de ser necesario confrontando– y exponer socialmente a aquellas propuestas políticas que ahora, con diferente rostro y nombre, pretenden acceder al poder y hacer gobierno a fin de seguir defendiendo intereses de minorías (los mismos de ayer y del pasado) y lucrando en desmedro de necesidades postergadas, por siglos, de la población.

También es menester poner bajo lupa, críticamente y despojándonos de simpatías y arraigos ideológicos, a aquellas opciones políticas que por motivos coyunturales creen tener opción de ser elegidas. Si bien es cierto que es legítima su participación, deben demostrar que sus intereses personales y de los grupos que los respaldan están muy por debajo de aquellos que hacen a un país democrático y con derechos vigentes y no nominales.

Evitemos que nuestra historia política siga plagada de caudillos, falsos revolucionarios, improvisados y corruptos. No nos condenemos a más de lo mismo. Estamos a tiempo de corregir nuestros pasos andados. Demos contenido al derecho de elegir, con un voto informado, y no sigamos siendo instrumento de políticos inescrupulosos y estadística del sistema.

No consideremos a “partidos”, “alianzas” o “movimientos” políticos con antecedentes antidemocráticos y de corrupción. No elijamos a personas que tienen probado conflicto con la ley penal, exhiben una moral esclavista y son antiderechos. No hagamos caso a los medios de comunicación que inducen a un voto desinformado y que, soterradamente, llevan agua al molino de los corruptos e inmorales.

Un país democrático, entre otros tantos elementos, está conformado por instituciones sólidas y confiables, por un marco jurídico que promueve y materializa derechos, por partidos políticos con bases y mecanismos de renovación periódica, pero sobre todo por ciudadanos. Es tiempo de practicar esa condición y no seguir siendo “tontos útiles” de indeseables que, en nombre de la patria, la política y la democracia, nos siguen manteniendo en este círculo vicioso de mentiras, violencia, hambre y muerte.

Caminemos hacia la renovación total de la clase política y pongamos como prioridad un nuevo pacto social, con el pueblo como actor principal. Avanzar a estos objetivos mayores es tarea de todos y todas e implica escoger bien, votar por los y las mejores y controlarlos. Las elecciones que se avecinan son una nueva oportunidad, no la desperdicies.

Si no quieres “más de lo mismo”, no insistas en elegir a los peores. Sé responsable con tu familia y tu país

¡Oh democracia, muchos crímenes se siguen cometiendo en tu nombre!


Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
La Mula (Lima Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)

Así como la libertad se volvió contra muchos que lucharon por ella, en el marco de la revolución francesa y otras disputas que siguieron por más derechos humanos, acabando con miles de vidas inocentes, hoy -casi 400 años después- en nuestra América y el planeta, la democracia se vuelve contra sus pueblos que la reclaman y defienden. En su nombre se cometen atrocidades y el mundo, la mayoría de veces por sus intereses y arraigos ideológicos, las justifican y hasta aplauden.

Todos la proclaman y en cualquier boca suena bien, porque vende y es señuelo en el mercado y cosecha de votos para el acceso al poder. No obstante, de todos aquellos que más la invocan, nadie se esfuerza en darle real contenido y vigencia. Por eso aún es intangible y valorada como una aspiración human todavía muy lejana e inalcanzable.

Sus beneficios aún no llegan a sus destinatarios, el pueblo, por eso pocos creen en ella. Estoy aludiendo a la democracia representativa moderna, en la que el gobernante se sujeta a la opinión de su pueblo para que se implementen o abandonen políticas en orden -fundamentalmente- a los problemas y necesidades de un país. Tiene que ver, también en esencia, con el respeto de las libertades ciudadanas y un marco legal adecuado, suficiente para limitar la acción del gobernante; también conocido como estado de Derecho.

Les cuesta la vida o les vale un comino, a los que tienen acción política y hacen gobierno desde los órganos o poderes políticos del Estado (ejecutivo y legislativo), asimilar y aplicar esta lógica de vida en sociedad (la democrática). Sin embargo, pese a que viven de ella y nunca para ella, la mal utilizan ultrajan y pisotean cuando quieren. Por eso, cada vez resulta más difícil comprender al ser humano porque ya es regla pregonar lo que no se practica, ofrecer lo que no se cumple y engañar impune y cíclicamente porque la población olvida. Ya nada es predecible en los humanos, cada quién tiene su propio juego y la vida transcurre sin motivaciones más que las individuales o de pequeños grupos.

A estas individualidades y pequeños grupos de poder -fundamentalmente económico político y religioso- nada les importa vivir enfrentados con las mayorías y menos enfrentar a sectores dentro de esas mismas mayorías (a las que ellos llaman minorías). Con sus propias características y sin ir muy lejos, pasó hace semanas en Ecuador, está ocurriendo en Chile y Bolivia y perdura -por su carácter estructural- en Perú.

En ese sentido, si la democracia es una de las mejores construcciones humanas de todos los tiempos, ¿por qué se está devorando a sus propios hijos, a sus creadores? ¿Tenemos acaso en nuestros países una falsa democracia o nuestros políticos y el mismo pueblo que los sostienen y le dan cabida en la vida nacional la han desfigurado y vaciado de contenidos? ¿Qué hace falta para comprenderla y aplicarla bien? ¿Cuesta tanto vivir en democracia? ¿Es acaso democracia el instrumento para someter y generar relaciones de tiranía (perpetua), injusticia e inequidad?

En esa perspectiva, una sociedad logra un horizonte democrático en la medida en que su gente -todos y todas- cumplan las reglas de juego, aquellas que emergen del conocimiento y consenso y se hacen pacto social; esto es las respeten y obedezcan.

Por eso, citando ejemplos de nuestra cotidianidad latinoamericana, no hace democracia la sed de venganza y daño de los que ingresan hacer gobierno frente a los que lo dejan. Tampoco los reacomodos y mutaciones de quiénes viven de la política y se relacionan con el Estado para beneficiarse. Menos aquellas visiones que consideran al Estado una agencia de empleos y a los gobernantes sus “jefes”.

Siguiendo a Javier Romero Mendizábal (Santa Cruz Bolivia) democracia, en estos tiempos de despertar desde las calles, es “la acción política … para la restitución del orden y la paz.” Es “actos valientes y oportunos … para encauzar el rumbo hacia una construcción mejor”. Es “olvidarse que la ruptura no debe ser entre compatriotas, sino en función de un pasado irreflexivo, excluyente y sin autocrítica”. Es “encontrarnos con nuestras mejores versiones individuales y grupales para apreciarnos sin distinciones”. Es “ser mejores ciudadanos y personas”.

Algunos pensarán que es iluso vivir en democracia y tienen razón. La democracia es una buena capitana, pero la naturaleza humana hasta ahora ha sido un pésimo soldado.

¿Misión en la vida?


Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU.COM (Trujillo Perú)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)
Gaceta Jurídica - La Razón (La Paz Bolivia?)

Sí. Todo ser humano debería cumplir una misión en el curso de su vida, como manera de justificar y darle contenido a su existencia.

¿Qué estás haciendo que te diferencia del resto de animales? ¿Sólo naces, creces, te reproduces y esperas la muerte? ¿Cuál es el legado que le estás dejando a la sociedad donde te encuentras?

Hablo de un reto personal por asumir, considerando que lo que ocurre -en este momento- en gran parte del mundo, nos interpela en nuestra esencia.

¿Seguiremos diciendo que estamos bien y que las crisis que azotan a nuestros pueblos es asunto de los demás y que la solución debe provenir únicamente de la barita mágica de los políticos y gobernantes? ¿Qué estamos esperando ocurra para empezar a repensar y replantear los planos en los que estamos fallando como humanos?

Insisto, pero esta vez de otro modo. Pregúnteles a sus hijos o sobrinos si creen que el país que le estás heredando es lo que ellos se merecen. Claro que para tener una respuesta que sume, debes estar esforzándote -también- en darle buenos hijos a esta sociedad.

Por eso los invito a, sin dejar de tenerlos como prioridad, salirse -aunque sea por un tiempo corto- de su cómoda esfera personal y núcleo familiar y, con espíritu autocrítico y constructivo, definir y empezar a desarrollar acciones que influyan socialmente, en los ámbitos en los que se desenvuelven, en la perspectiva de rescatar valores y principios que hacen a una vida con justicia y equidad.

Hay dos etapas propicias, para este buen propósito, la juventud y adultez. La bondad de los años, sumado a la inquieta creatividad, lucha y compromiso por un lado y por el otro el aprendizaje y la experiencia, la seguridad y el horizonte claro, al servicio de este propósito; es algo que nos falta explotar.

No concuerdo con quiénes creen que es necesario llegar a la vejez para tener claridad (le llaman “sabiduría”) sobre lo que nos conviene como personas y sociedad. Son falsos preconceptos que nos llevan a postergar lo importante, mantienen anclados en el tiempo y sin aportar socialmente.

En esta línea, los objetivos y metas personales también deberían ser sociales y consustanciales a la existencia humana y no como ocurre hoy. El divorcio de los intereses personal y familiar de lo que le conviene a la colectividad, nos tiene enfrentados y en proceso de autodestrucción.

Necesitamos despojarnos del egoísmo, que es el hermano mayor del individualismo, porque envilece el alma y lo envenena. Éste, lleva al ser humano a perpetrar aberraciones y atrocidades como torcer el Derecho, perseguir y arrebatarle la vida al prójimo, mentir calculada e impulsivamente, instrumentalizar a los más débiles, olvidar compromisos y responsabilidades, e incluso ir contra los hermanos y los padres.

Necesitamos países de ciudadanos. Nos referimos a personas que no caminan a la deriva sino que tienen metas y objetivos personales pero también sociales, que aportan y construyen, que ayudan al más vulnerable sin esperar nada a cambio, que tienen cultura del trabajo y del servicio y que transitan en la vida enseñando los valores justicia y equidad y -algo muy importante- sin odios y resentimientos.

Mientras no comprendamos que el ser humano adquiere la condición de tal, sólo cuando comparte, nuestros problemas y enfrentamientos -como sociedad- irán en aumento. Está demostrado. Nos estamos quedando (los humanos) sin esencia, sin alma.

Debe ser un propósito de la vida cumplir una misión. Por eso, aprender a compartir y no ser egoísta y angurriento es parte central de ese fin humano.

Ella fue como un libro abierto

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El Clarín (Cajamarca Perú)

Debemos estar preparados para cerrar etapas en nuestra vida. En ese sentido, hoy me corresponde reconocer y agradecer al ser que me regaló la oportunidad de la vida y enseñó a caminar sin temores, con respeto, siempre ayudando y con dignidad.

Han transcurrido casi dos meses del fallecimiento de María Julia Chuquiruna Garrido y, pese al vacío y dolor que me genera ver que el mundo se está auto-destruyendo y que la insania de unos cuantos atropella y se traga derechos y sueños de nuestros pueblos, siento paz perdurable y quietud en mi alma por la forma como vivió y lo que me enseñó.

Me preparó para continuar, sin remordimientos ni cruces. Aprendí temprano, porque Ella me enseñó, que la vida tiene un inicio y un final y que lo importante es vivirla con honestidad y sinceridad, como un libro con sus páginas abiertas. “Si algo hay que hacer, en relación a los que decimos amar, debe ser en vida y no cuando ya no estemos en este mundo”, decía. “Rasgarse las vestiduras y darse golpes en el pecho, en cada conmemoración de un fallecimiento, es vivir de esclavo del pasado y tener doble moral”, agregaba siempre.

Nunca impuso nada y tampoco me pisó los talones para avanzar en la vida, pero sus decisiones y acciones, como emigrar del campo a la ciudad -para generarnos otras oportunidades- cuando tenía 12 años, me hicieron ver que una existencia sin objetivos y metas, inquietud y preguntas, proactividad y servicio al ser humano, es vacía y sin esencia ni horizonte.

Todo lo dio, pues me enseñó qué es la libertad y la importancia de defenderla. Su riqueza siempre fue moral y espiritual y nunca se afanó en concentrar bienes materiales, porque consideraba que “envilecen a las personas”. Razón no le faltó.

Recuerdo -siendo niño- como solía alimentar a los dos indigentes que -en ese entonces- había en mi Agua Blanca (San Miguel - Cajamarca) y cómo estos (“Neto” y “Coronel”) llegaban a casa con confianza y sonriendo; porque María Julia siempre los trató como a seres humanos.

Fue admirable su compromiso con la vida e incomparable su fortaleza para velar, muchas veces sola porque mi padre fue un político honesto, por sus hijos e hijas. La recuerdo como si fuese ayer, resolviendo problemas y enfrentando el día a día en una ciudad hostil para los “provincianos” como es Lima, y celebro que haya sido de ese modo; porque -en lo personal- me enseñó además que lo que llega o se recibe de modo fácil nunca es valorado y que si deseamos mejorar como personas -en todo orden de cosas- debemos esforzarnos hasta tocar los límites.

Pese a haber tenido sólo 4 meses de escuela, en Caipán (San Marcos – Cajamarca), leía y escribía con solvencia. Su libro favorito siempre fue la Biblia y antes que, en orden a lo narrado, pregonar sus enseñanzas y mensajes, los practicaba. Demostró que no se necesitan rótulos y títulos para ser un ejemplo a seguir y que los valores y principios del cristianismo -adecuadamente canalizados- ayudan a la construcción de un mundo mejor.

María Julia murió de vejez y no de enfermedad. Murió en paz y rodeada del amor y respeto de sus descendientes. Siguió el ejemplo de Jesús de Nazaret y, así como la recuerdan quienes la conocieron, cumplió con su misión en este mundo. Ahora, que ocupo su lugar en el ciclo de la vida, doblaré esfuerzos para honrar su legado e intentar reproducir su ejemplo.

jueves, 16 de enero de 2020

Conocer y defender nuestras instituciones es la clave

                                                                                                                                        Publicado en:

El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
La Razón (La Paz Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)


En aquellos países donde existen instituciones fuertes, la población disfruta más los beneficios de una vida en democracia.

Las instituciones no nacen fuertes, son construidas y encuentran sus bases en el nivel de legitimidad social que alcanzan en el tiempo con servicios eficaces y eficientes. Se caracterizan por ser conocidas por los usuarios, meritocráticas, accesibles, autónomas, independientes, transparentes -esto es- con flujos permanentes y persistentes de información de los servicios que prestan y sus resultados. En esa medida, controlan las acciones de los gobernantes -en sus distintos niveles- y las sujetan al marco jurídico vigente; principalmente la Constitución Política del Estado, normas internacionales sobre derechos humanos y demás leyes de desarrollo constitucional.

Ocurrió en Colombia el 2010, cuando la Corte Constitucional declaró inconstitucional, por vicios de forma y de fondo, el referendo que buscaba la segunda reelección del presidente Álvaro Uribe. Está sucediendo en los últimos años en Estados Unidos por decisión de jueces federales que siguen paralizando medidas populistas del presidente Trump en materia migratoria. Ocurrirá en los siguientes días, cuando el Tribunal Constitucional de Perú rechace a trámite los recursos presentados para que el Congreso disuelto -constitucionalmente-retorne.

En ese sentido, es importante tener en cuenta que sólo una institucionalidad sólida puede ofrecer -efectivos- frenos y contrapesos al ejercicio del poder, sobre todo de las funciones o también llamados órganos o poderes políticos (Ejecutivo o Gobierno y Legislativo); evitando que sus autoridades se perpetúen en el poder y, para sostenerse en el mismo, violen derechos. De este supuesto sobran ejemplos en países de Latinoamérica y el mundo, los que nos plantean el reto de repensar y replantear instrumentos sociales como la política, el derecho y la democracia.

Lo óptimo, en una democracia, es que la toma de decisiones públicas se genere en una relación de colaboración entre poderes y entre éstos y la sociedad. Imposible no.

En los ejemplos descritos, el primer caso muestra el deseo de un presidente de reelegirse y, a lo mejor, perpetuarse en el poder, basado en un supuesto apoyo ciudadano. El segundo expone el autoritarismo y perspectiva de un gobernante populista y anti-derechos de sectores en situación de vulnerabilidad. El tercero, la defensa -sin argumentos- de la corrupción (política y económica) y la impunidad, desde un poder de Estado (el Congreso), que fue penetrado por organizaciones criminales.

Si desarrollamos instituciones fuertes, éstas pueden orientar y sentar bases éticas y morales a la vida política de cualquier país. El ejemplo más elocuente y próximo lo constituyen los debidos procesos judiciales que el sistema de justicia anticorrupción para funcionarios públicos peruano, le sigue a su “clase política” por acusaciones de corrupción. Juicios públicos (transmitidos en vivo por tv del Poder Judicial), con jueces y fiscales autónomos e independientes, que le están enseñando a la población el valor de sus respectivas funciones y decisiones para el sistema democrático y la importancia de una vida -como país- sin corrupción e impunidad. Un sistema de justicia que se imparte en nombre del pueblo, pero orientado a beneficiar a ese pueblo y no al sector dominante o de Gobierno; considerando que luchar contra el cáncer de la corrupción, desde cualquier institución del Estado, le conviene a todos y todas.

En esta perspectiva, en nuestros países, trabajar en la construcción de instituciones sólidas, es evitar autoritarismos y caudillismos. Es evitar flagelos como el de la corrupción y la impunidad. Es desarrollar ciudadanía efectiva y evitar masas de siervos e instrumentos del poder político. Es educar a los pueblos e insertarlos en la vida política y la toma de decisiones de Estado. Es evitar el abuso de los políticos que concentran el poder para delinquir. Es hacer de las personas seres libres, preparados para avanzar en su vida privada y pública. Es construir países inclusivos y con oportunidades para todos y todas.

Muchos de los males que aquejan, de sur a norte y de norte a sur, a nuestros pueblos -justo- en estos momentos, no los tendríamos si entendiésemos la importancia de nuestras instituciones para una vida en democracia. Por eso los invito a invertir, parte de su tiempo, en su conocimiento y uso; porque sólo ello nos hará libres del abuso y la arbitrariedad.

Nada puede ser más importante en la vida del ser humano, de este tiempo, que mejorar el mundo que heredó, ayudando a superar sus males.

Somos los del pueblo los que estamos fallando

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)



Es común en nuestras sociedades endosar culpa sobre aquello que nos afecta a los demás. No hacemos autocrítica y tampoco enseñamos, a los que nos suceden, la importancia de realizar balance periódico de nuestros aciertos y hierros como individuos y colectivamente. Existimos creyendo que los problemas que nos acosan atañen al resto y que aportar soluciones no es de nuestra incumbencia, que es asunto de los demás.

Somos nosotros -el pueblo- los que cedemos y hacemos fértil el terreno para el embuste, la improvisación, la mentira, la arbitrariedad, el abuso, la corrupción y la impunidad.

Elegimos a nuestros gobernantes y nos olvidamos de controlarlos, pidiéndoles rindan cuentas de sus actos de gobierno; pese a que sabemos que ellos -de mutuo propio- no lo harán. Esto sucede en todos los niveles de gobierno (nacional, regional, local) y se repite y se repite hasta formar un círculo vicioso que se proyecta y crece en el tiempo, al extremo de ser aceptado socialmente como normal.

Todo es importante para la gente, menos vigilar y controlar a nuestros gobernantes. El futbol, los carnavales, las fiestas religiosas de la ciudad y del pueblo, los escándalos televisivos, tomarse unas chelas, reunirse para jactarse de los logros de los hijos y hasta comentar y distorsionar la vida de los vecinos o de aquellos a los que llamamos amigos, son más significativos y valiosos que tener una mayor participación en la vida política de nuestros países. Lo asumimos como estándar, porque así nos han “educado”, porque aun arrastramos broncas cadenas, sembrados en la consciencia social, que tienen como nombre desinformación, desinterés, indiferencia, miedo, etc.

Por eso es que, para la mayoría de nuestros políticos, gobernar se reduce a dictar leyes, sin importar que éstas no tengan como beneficiarios a todos y todas o que las dirigidas al pueblo no se cumplan y que sólo sean cascarón y ruido mediático. Basta observar y preguntarnos ¿cuántos y cuáles de nuestros servicios básicos son brindados con calidad y calidez?, como función de Estado; esto es servidos por las instituciones del Estado cumpliendo los preceptos constitucionales, de otras leyes y estándares promedio. ¿A lo mejor salud, educación, justicia, agua y saneamiento, vías y medios de comunicación, seguridad, etc?, usted tiene la respuesta.

Estamos, en esta línea de reflexión, transitando por una vida marcada por la entrega, casi siempre y sin condiciones al momento de elegir gobernantes, de tareas y responsabilidades que, en una sociedad democrática, es de todos y no sólo del elegido. Por eso elegimos a personas que no conocemos que, una vez en el poder, se convierten en nuestros verdugos. Ocurrió nuevamente, por ejemplo, en mi Perú con los integrantes del disuelto Congreso y varios ex presidentes. No aprendemos de nuestros errores y seguimos en más de lo mismo.

Este nivel de enajenación, que expresa un distorsionado y perverso modo de vida y de relacionamiento social con el Estado y los problemas nacionales, es tan profundo que nos bloquea y callamos, no reaccionamos ante los atropellos de los gobernantes, porque -pese a la flagrancia de sus ilícitos- seguimos creyendo que el control del ejercicio del poder (gobierno) no es nuestra responsabilidad, no es asunto de los individuos. Es más, por falta de cultura política y jurídica, desconocemos que al ser pueblo somos Estado y que necesitamos recuperar el poder que por décadas hemos regalado a políticos inescrupulosos a cambio de migajas.

No conocemos a nuestras instituciones y en esa misma dimensión no las valoramos, lo que explica que -históricamente- hayamos permitido que las élites dominantes las controlen para sus fines; por eso, en varios de nuestros países, instituciones clave del Estado están vinculadas a organizaciones criminales con operadores estratégicos en ellas. Personas que actúan bajo un mando, con protección política y blindajes para su impunidad. Siguiendo con los ejemplos, para no herir susceptibilidades, en mi Perú tenemos infiltrados a Pedro Chávarry, Césas Hinostroza y otros y otras en las instituciones del sistema de Justicia.

Necesitamos construir nuevas reglas, porque nuestro marco social está retorcido, y avanzar todos y todas en nuestra evolución histórica en justas y equitativas condiciones. Necesitamos proteger y desarrollar nuestros derechos, como los civiles y políticos, pero no a costa del perjuicio de las mayorías y éste es un buen tiempo para avanzar eligiendo bien; considerando que en algunos de nuestros países tenemos en agenda elecciones.

Mentirle a un pueblo es una forma de traicionarlo

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
CAUSAJUSTA (Lima Perú)


No es cierto que los peruanos tengamos un dictador como gobernante. Tampoco que le hayamos “ganado la guerra” a la corrupción. También que Keiko sea inocente de las acusaciones fiscales por corrupción. Menos que los fujimontesinistas y sus aliados marchen defendiendo valores y principios que hacen a una coexistencia social en democracia, la vida, la diversidad, la naturaleza u otros derechos.

En esa perspectiva, resulta vergonzoso que algunos abogados autodenominados “constitucionalistas” y otros con “prestigio internacional”, como Domingo García Belaunde, hayan preferido servir a los intereses de las organizaciones delictivas que controlan gran parte del Estado, nuestra vida política y económica; justo en un momento en el que toca dar un espaldarazo al proceso moralizador del país y el fortalecimiento de nuestra precaria democracia.

Abandonando todo tipo de escrúpulos y exigencias éticas que impone ser parte de “la academia”, los abogados de la mafia, no han dejado de confundir, sembrando sospechas y dudas, y siguen mintiendo a los peruanos sobre la legalidad de la disolución del Congreso. Aprovechando y abusando de los espacios que el sector de la alineada prensa limeña les ofrece, califican de “dictadura” el gobierno constitucional del presidente Vizcarra, porque les conviene afirmar y mantener -en el tiempo- una crisis que sus patrocinadores y mecenas han iniciado y -hasta- llevado a ámbitos internacionales, como la OEA y la Comisión de Venecia, desacreditando a un pueblo por decidir lo que quiere y conviene.

Saben que en unos meses, por decenas, les tocará responder ante tribunales independientes por sus crímenes y necesitan mostrar caos y desgobierno, para luego alegar falta de independencia de jueces y fiscales que, siguiendo sus formas de copamiento para delinquir con impunidad, estarían controlados por el Gobierno. Les aterra ser juzgados por el sistema de justicia anticorrupción para funcionarios públicos y eso los tiene convulsionando.

No obstante, es importante reconocer que aún no le hemos “ganado la guerra” a la corrupción. Apenas hemos vencido una batalla, la disolución de un Congreso, compuesto por -siguiendo a don Mario Vargas Llosa- “forajidos”.

Sentar bases para una vida y un país libre de corrupción, es un proceso sociocultural de mediano y largo plazo, que sólo se logrará con educación de calidad. En ese sentido, debemos abandonar sentimientos triunfalistas y promover -respaldando desde todo tiempo y lugar- acciones que nos ayuden a comprender e interiorizar en nuestras vidas que, mientras más corrupción haya en nuestros municipios gobiernos regionales y gobierno central, serán menos los derechos que tendremos como pueblo.

Debemos comprender que mientras haya corrupción tendremos las mismas o menos escuelas, colegios, hospitales, unidades judiciales y fiscales, comisarías, caminos asfaltados, casas con electricidad, telefonía y, entre otros tantos beneficios que puede generar una gestión y gobierno honesto, programas sociales productivos y sostenibles destinados a los excluidos y pobres.

Por estas valoraciones, que se ajustan a la realidad peruana, es importante que Keiko Fujimori, al igual que sus legisladores del disuelto Congreso, tengan debido proceso y, en orden a las acusaciones fiscales por corrupción y otros crímenes seguidos en estrado judicial, tengan las máximas sanciones legales.

En esa ruta estamos y, considerando que las organizaciones delictivas políticas y económicas (una de ellas -a decir de la fiscalía- liderada por Keiko) no se quieren ir, ayuda a este proceso de reconstrucción moral del país, tampoco dejar de apoyar a nuestros jueces y fiscales anticorrupción (Vela, Pérez, Concepción). El Presidente y ellos, son un soporte humano importante para las tareas que, como país en este reto, tenemos a futuro.

Celebro en esa línea, pese a ser minúscula la participación, que los fujimontesinistas y sus aliados (Jaime de Althaus entre ellos) hayan “marchado” por las calles de Lima. Han ejercido un derecho que por décadas nos negaron y cuestionaron. Han demostrado que, pese a forzar la participación de sus ex trabajadores y sus familias del disuelto Congreso, no les queda ninguna musculatura política. No han podido dar sustento a los argumentos de sus constitucionalistas, que siguen argumentando la existencia de un gran descontento social -son millones dicen- y riesgo de gobernabilidad del país. También ha quedado claro que, estos señores, jamás enarbolarán valores y principios que hacen a una coexistencia social en democracia, la vida, la diversidad, la naturaleza y cualquier derecho humano.


El proceso de lucha contra la corrupción apenas inicia en nuestro Perú. Consolidarlo, para avanzar, necesita de estrategias. Una de ellas es prepararse, para no caer en el dañino juego de la mafia, que usa la mentira y el miedo como sus principales armas.

miércoles, 15 de enero de 2020

Es tiempo de corregir errores

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)

El pasado lunes 30 de setiembre es una fecha a la que cada peruano y peruana, que soñamos con un país más justo y equitativo, debemos dar contenido y valor histórico, por lo ocurrido en el curso de sus horas; la disolución temporal por el Presidente Martín Vizcarra del Congreso que sólo representaba a los intereses corruptos de sus integrantes y mecenas.

En esa perspectiva, se trata de una fecha que deberíamos recordar como una oportunidad, una de las tantas que hemos tenido en este tiempo de “país independiente”, para -entre otras diversas cosas- despojarnos de la corrupción política y económica; el principal lastre que nos ancla y posterga en nuestras aspiraciones de lograr una sociedad de ciudadanos y no de meras estadísticas y de construir un Estado fuerte y respetado con menos Gobierno y más instituciones.

El cierre temporal -constitucional y legalmente válido- del Legislativo, que en este periodo congresal gracias al voto de la mayoría de la población recayó en el mismo lumpen político y económico del país, abre ese abanico de posibilidades, que debemos aprovechar, para corregir cada error cometido.

Seguir divagando sobre cuántos presidentes tiene en este momento Perú y si el cierre del Congreso es legal, es estar desinformado y caer en el juego de la histórica mafia política y económica peruana, que se alimenta de cuantas crisis pueda crear.

No podemos salir del fuego para caer en las brasas. La elección de los Congresistas que culminarán el actual periodo congresal (28 de julio de 2021), el 26 de enero de 2020, es una de nuestras pruebas para demostrarnos -a nosotros mismos- que estamos construyendo cultura política y que empezamos a discernir al momento de elegir a nuestros siguientes gobernantes.
En ese sentido, es de importancia capital tener siempre presente que el actual entrampamiento político, del cual iremos saliendo progresivamente, fue generado por nuestra inestable y mezquina clase política, una que se ha vuelto -por causa de la corrupción que todo lo distorsiona y pervierte- presumida perezosa y avasalladora. Recordar con autocrítica este extremo, es parte fundamental del ejercicio de reconocer en qué fallamos y prepararnos para no incurrir en lo mismo.

Sólo preparándonos, que es lo mismo que desarrollar cultura política como pueblo, podremos evitar que a futuro volvamos a tener a personajes impresentables, sin escrúpulos y con un apetito voraz por el dinero mal habido, haciendo gobierno.

Prepararse implica leer más, aprender a escoger fuentes de información, aprender a analizares y desarrollar opinión propia y, entre otras acciones, jamás ser caja de resonancia o repetidora de la voz de otros. Es ganar conocimiento y construir argumentos para cuestionar o apoyar a cualquier autoridad que se aparta de su marco de legalidad y legitimidad de acción. Es ir ganando la condición de ciudadano, que aporta a los procesos de su país, es perfilarse como líder.

Este debe ser nuestro derrotero. Forjar un país con líderes que hagan gobierno y que, por su perspectiva de vida en valores y ética, alejen de nuestros espacios institucionales a aquellas formas corruptas manipuladoras y autoritarias de hacer política.

El desastre, el fracaso y la traición, no deben ser más estigmas de aquellos que elegimos para gobernarnos. Por eso debemos elegir a los más aptos, transparentes y con sensibilidad con la humanidad y la naturaleza, no a los que más ofrecen u compran con circo y farra tu voto. Necesitamos creer en nosotros reconstruyendo autoestima y defendiendo nuestra dignidad y pensando que, más temprano que tarde, un día dejaremos de ser ese tantas veces golpeado y sufrido pueblo y que debe ser meta constituirnos -verdaderamente- en el soberano.

Corregir errores, en este horizonte siempre, importa no votar por cualquier nulo, iletrado o prontuariado criminal. Ya bastante tuvimos, en estos últimos años, con los disueltos ex congresistas; un grupo de improvisados que sólo saben delinquir y que viven al margen de los grandes problemas nacionales.

El no seguir en lo mismo y ayudar a sanar a nuestra podrida democracia, depende más de nosotros mismos que de aquellos que elegimos.