jueves, 25 de marzo de 2021

Otra vez el burro al trigo

Publicado en:

El Clarín (Cajamarca Perú)

Panorama Trujillano (Trujillo Perú)

No obstante existir hartazgo y fastidio frente a la corrupción e impunidad que impera entre quienes hacen gobierno (distrital provincial regional nacional) el pueblo peruano realiza insuficientes esfuerzos para mejorar su participación política. No enmendamos y en cada proceso electoral, como el del 11 de abril próximo, repetimos las fatídicas mismas escenas. Elegimos como nuestros gobernantes al “mal menor” o a “los menos peligrosos”.

Las personas honestas le tienen miedo a la arena electoral, a la que consideran un campo minado que tarde o temprano los salpicará de deshonra y fatalidad. Una cesión que está facilitando que la mayoría de partidos políticos, y sus formas de organización, estén capturados por gente con un amplio prontuario delictivo.

El sistema electoral, por otro lado por el perfil de su composición, es incongruente con la visión de país querido que merecemos y por las decisiones que adopta se presta a todo tipo de sospechas y dudas; considerando que benefician a los menos aptos y afectan a los que sí a lo mejor pueden tener un mejor gobierno. No estoy atacando a la institución, llamo la atención sobre sus mecanismos de composición, que deberían darnos a los mejores humanos para dirigir un proceso electoral.

En este contexto, pese a las barreras existentes -dos de ellas descritas antes-todas de orden estructural que arrastra el Estado decadente que tenemos, existe la posibilidad de influir para que nuestros próximos gobernantes abandonen el círculo vicioso en el que estamos; eligiendo a personas sin prontuario y cuya bandera sea el Perú.

No podemos volver a elegir a personas que hacen a organizaciones delictivas, mal utilizando la política. Tampoco a clanes político-empresariales que buscan evadir impuestos o controlar a algunas instituciones contraloras y fiscalizadoras para “blindarse” y seguir ampliando sus márgenes de corrupción e impunidad y vigencia política en el país que, antes que de ellos, es nuestro. Menos aún a topos y testaferros políticos que están buscando obtener una mayoría política en el Congreso, como lo vienen haciendo los esbirros de la “señora K”, a través del triunvirato del que muchos prefieren callar.

Recordemos que ocurrirá, con nuestro Perú, si permitimos un Congreso con mayoría bajo la jefatura de la eterna candidata “señora K”. Tengamos presente también que los procesos judiciales seguidos a políticos acusados de corrupción, tendrán mejores resultados si es que no existen interferencias de políticos ligados a ellos; como está ocurriendo en los últimos años.

En este orden de reflexión, y sin necesidad de detenernos en elementos doctrinarios o ideológicos, queda claro que -en el año del bicentenario- será una forma de traicionar a la patria que volvamos a elegir a operadores de las mafias peruanas como nuestros gobernantes.

Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski, Alan García, Susana Villarán, Luis Castañeda, Keiko Fujimori, Juan Luis Cipriani, Rafael Rey, Lourdes Flores, Mercedes Araoz y otros y otras, por ejemplo, ya son parte del pasado político que debemos terminar de sepultar. Para ellos, no puede haber más oxigeno político.

En ese sentido, evitemos que la historia se repita otra vez. Investiguemos el pasado y presente de los que elegiremos. Nuestro Perú, este año que cumple 200 años de República, merece algo mejor. La independencia, que tanta celebración y ruido mediático tendrá, en su mirada de proceso inconcluso, debe ser plena y lograrlo implica contribuir a la construcción de una “clase política” no subordinada a la corrupción e impunidad.

Los peruanos con esencia, no debemos bajar la guardia y más bien cerrar filas contra los corruptos que usan la política y el Estado para delinquir con impunidad. Usemos información válida, argumentos y ayudemos a que nuestros paisanos y paisanas ejerzan su derecho a elegir y no sigan siendo instrumentos de un sistema que nos los incluye en las decisiones, tampoco los escucha y por el contrario los daña.

Si buscas un Perú mejor, no hagas lo mismo de siempre. Dale sentido a tu voto. Para los políticos de este tiempo mereces lo mismo que das."


jueves, 18 de marzo de 2021

Las pandemias que nos acosan

Publicado en: 

El Clarín (Cajamarca Perú) 
OTRAPRENSA (Trujillo Perú)


Somos sobrevivientes de pandemias (propagación mundial de una nueva enfermedad) del pasado. Algunas llegaron y aun conviven con nosotros, como la peste bubónica, la viruela, el cólera, la influenza. La COVID-19 es la última y aun es poderosa porque ha encontrado como potentes aliadas a la mentira y la corrupción.

La corrupción, en cualquier período y latitud, crece y se afianza en tiempos de crisis; como ahora. Si esta es estructural, como ocurre en los servicios salud justicia infraestructura vial agua y saneamiento etc., termina cediéndole a los corruptos cuotas importantes del gobierno la y gestión de un Estado.

Ha ocurrido en el pasado y hoy, se aprecia en los grandilocuentes discursos de todas las tiendas ideológicas, sigue marcando el perfil y accionar de gran parte de los políticos “equipos de trabajo” y gobernantes de las américas.

En Perú, por ejemplo, los corruptos de las últimas décadas no se quieren ir. Han convertido también al actual proceso electoral en mercado, donde todo tiene un precio; considerando que tienen candidaturas testaferras a las que sólo le interesa el acceso al poder para instrumentalizar al Estado para su beneficio. Estas mienten y pagan a sus operadores mediáticos para que hagan circo y cajas de resonancia de lo que les conviene. Son expresión de la fallida democracia que tenemos.

En esta realidad, en los últimos días, la crisis estructural del servicio de salud y las marchas y contramarchas del Gobierno en la compra y uso de las vacunas ha facilitado, por el terreno fértil que ofrece, que la actual pandemia se constituya en un aliado perfecto de los corruptos que quieren hacer Gobierno. Están aplicando la regla del “todo vale” y, como es su estilo, solapadamente justificando la mentira y la corrupción.

También se aprecian, siguiendo a la prensa, compras sobrevaloradas de productos encaminados a mitigar los efectos de la COVID-19. Mientras esto ocurre, y ojo que sólo estamos anotando lo que estará pasando a nivel de Gobierno Nacional, miles de personas mueren. Desgarradora, extrema y dolorosa realidad, que muestra lo bajo que han caído quiénes dicen ser nuestros servidores públicos, líderes políticos y gobernantes. El mundo empresarial puede tener un papel solidario y responsable, no obstante, prefiere hacer comparsa a quiénes mienten.

Por eso hoy, no sólo estamos luchando por salvar la vida de los más vulnerables. También enfrentamos a las pandemias de la mentira y la corrupción que se aprovechan de los débiles mecanismos de supervisión institucional de compras y adquisiciones del Estado y la escasa confianza ciudadana en sus instituciones, dos de las expresiones de crisis estructural en los procesos de prestación de servicios, para sacar beneficio de la desgracia ajena.

Que estas cosas nos ocurran en este tiempo, nos quita esencia. Por eso debemos, en la perspectiva de enfrentar y ganarle a los flagelos que ahora caminan juntos, generar acciones y respuestas integrales efectivas y eficaces de las instituciones persecutoras del crimen.

Son tibias y complacientes y ayudan a perpetuar la mentira y la corrupción, las posturas de sólo denunciar su mayor o menor “intensidad”. La integralidad efectividad y eficacia, que demandamos, deben estar basadas en un marco jurídico coherente con el derecho interno e internacional y de tolerancia cero a las formas de corrupción y, entre otros aspectos, con penas doblemente duras. Necesitamos procesos sociales inteligentes que los reten y “voluntad política” de todos los poderes del Estado de -verdaderamente- enfrentar la corrupción y no solo tiene que ver con lo que intente hacer un ministro o el presidente.

Parte importante de esta lucha implica y más allá de coyunturas, porque como sabemos la corrupción es transversal en la mayoría de actividades del Estado, someter a procesos francos y abiertos de reestructuración al Estado, a fin de evitar la discrecionalidad, el secreto institucional y el monopolio de la información. Es derrumbar barreras y circuitos mafiosos existentes y construir política de Estado contra la corrupción y la impunidad.

A la COVID-19 lo venceremos en el tiempo desde la ciencia. A la corrupción y la mentira, que hoy también conspiran para matarnos, sólo los eliminaremos de nuestras vidas mejorando como humanos."


jueves, 4 de marzo de 2021

Las resistencias al “lenguaje inclusivo”

 Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)

Con compasión aprecio que aún hay quiénes se irritan, lo veo siempre en los grupos en los que hago parte en redes sociales, cuando alguien expresa -en general- opiniones que afirman la importancia del desarrollo del “enfoque de género” en las políticas de Estado.

Llamar la atención, por ejemplo, debido a su frecuencia, sobre el innecesario uso de expresiones “sexistas” por ser discriminatorias, nos expone. También, entre otros, el uso del “lenguaje inclusivo” que alude, siguiendo a Naciones Unidas, a “la manera de expresarse oralmente y por escrito sin discriminar a un sexo, género social o identidad de género en particular y sin perpetuar estereotipos de género”.

Esta semana me tocó apreciar algunos de estos arrebatos cuando, en un gesto de cortesía, utilicé la frase “reciban un fuerte abrazo todos y todas”. El androcentrismo, que como es conocido hace referencia a la aberrante y primitiva práctica de otorgar al varón y a su valoración de las cosas una posición central en las sociedades la cultura y la historia, no se hizo esperar y buscó marcar terreno.

Es “moda”, "pose", "huachafería" indicaron algunos. Otros adujeron que es afán por “distorsionar el lenguaje”. Los más arraigados con su práctica simplemente ironizaron su uso y no dudaron en poner como sus interlocutores válidos a personajes públicos que, por su falta de “ubicatex” y pese a su renombre mundial, solo se han limitado -en el curso de su vida- a defender un patriarcado decadente y obsoleto y relaciones sociales basadas en privilegios viles del varón.

Sin duda, valorando que las palabras expresan lo que pensamos del mundo y de las personas, se trata de humanos que viven anclados en el pasado y que, en esa medida, se resisten a reconocer que el mundo evoluciona cada segundo. Que hay enfoques, como el de género, interculturalidad, derechos, políticas públicas y otros, que están marcando el desarrollo de las sociedades, desde lo normativo e institucional y otros ámbitos, debido a la persistente situación de vulnerabilidad, que buscan revertir, en la que aún se encuentran sectores tradicionalmente excluidos, como el de las mujeres.

Les aterra que el “lenguaje inclusivo” avance y acelere el proceso de igualdad de género y de combate a los prejuicios de género; considerando que el lenguaje es uno de los factores clave que determinan las actitudes culturales y sociales. Por inercia, o la justificación que fuese, estas personas son reacias a crear entornos de trabajo que abracen la igualdad y sean inclusivos. Tienen miedo competir, bajo reglas justas, con una mujer.

En ese sentido, una evolución en el lenguaje contribuirá a cambiar aquellas estructuras mentales obsoletas y retrógradas, marcadas por estereotipos y mandatos sexistas. Es imperativo un lenguaje incluyente, más equitativo y justo para todas las personas y en ese ámbito el proceso educativo juega un papel central.

Entonces no se trata de juego de palabras, es confrontación con las construcciones socioculturales imperantes. No es ir contra la sacrosanta Real Academia Española, es darle contenidos a los derechos de las mujeres. No es terrorismo gramatical, es encarar y cuestionar los roles comportamientos actividades y atributos que nuestra sociedad otorga -hoy- a los seres humanos dependiendo de su sexo, etc.

Por eso, situar al hombre como centro de todas las cosas, en pleno siglo XXI, es delirante. Aceptar su predominio por el solo hecho de ser hombre resulta irracional. El “lenguaje inclusivo”, en el cometido de despatriarcalización que se expresa en dominación y opresiones, es una herramienta valiosa que debemos potenciar; es lo que nos conviene en este proceso de construcción de sociedades más equilibradas y con oportunidades para todos y todas.

jueves, 25 de febrero de 2021

No debemos temerle a la muerte

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Peru)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

Una forma de vencer a la muerte, es no temiéndole.

Casi todas las personas creen que no se debe hablar de la muerte. Lo consideran desagradable y propio de locos ponerlo en debate. Es un tema tabú, pese a su intermitencia en la filosofía, la ciencia, la religión, incluso el arte.

Hay quienes por pensar en la muerte no viven libremente, les aterra que ésta llegue en cualquier momento. Son prisioneros del miedo. No obstante, llevan una vida plagada de bajas pasiones y sin objetivos, ni misión social.

En otra vereda, porque hay muchas sendas que se optan, están los que creen que vivirán eternamente. No solo se aferran a lo material y son capaces de pelearse con un hermano o una hermana o el mundo por centavos, si no que maltratan y ofenden a sus congéneres en cada paso que dan. Son egoístas, ambiciosos, angurrientos y avaros. Pareciera, por la ceguera en la que viven, que ignoran que en cualquier momento expirarán.

Lo cierto es que la muerte es una ley natural inevitable que, tarde o temprano, nos llegará a todos y a todas. ¿Falso?, no. En vida los humanos son diferentes y se afanan por diferenciarse para sacar ventajas, ante la muerte todos y todas somos iguales.

En esa comprensión, al margen de cualquier valoración filosófica religiosa o posición ideológica que siempre existirá, lo que importa es cómo vivimos. De una persona ya fallecida sólo recordamos la forma en que vivió y lo que aportó para la construcción del mundo; uno mejor del que recibió.

No se trata de no pensar en la muerte, es entenderla como un proceso natural para el cual debemos estar preparados. Esto puede implicar miles de cosas, pero hay que hacerlo simple. La idea de que vamos a morir no debe ser un generador permanente de zozobra e inquietud. Debemos asumirlo como algo normal.

Estar preparados para la muerte es vivir una vida plena, de manera que cuando nos llegue la hora podamos ser despedidos sin arrepentimientos. Todos y todas merecemos una dulce muerte, por eso debemos tener una vida bien empleada.

Una vida plena puede ser entendida desde diversas dimensiones. Prefiero, siguiendo a María Luisa de Miguel Corrales, “aquella que se relaciona más con sentir que estas en el momento presente exactamente donde quieres estar, haciendo lo que quieres hacer, o lo que sientes que es importante hacer para lograr aquello que para ti tiene sentido y significado. Sentir que estas en el camino que has elegido con total consciencia, libertad y responsabilidad y, además, que estas caminando como tu quieres caminar, no como otros lo han decidido por ti o para ti, como otros te recomiendan o aconsejan, como otros aprueban, o como otros opinan. Y en ese camino, están las personas que has elegido que te acompañen, las personas con las que quieres caminar”.

En este tiempo de pandemia, como en otras que la historia humana registra, nos toca despedir a nuestros seres amados y amistades. Es inevitable que haya tristeza y dolor, pero estos serán menos con el paso del tiempo. No podemos rendirnos, debemos actuar con valentía, sin miedo y sin prisa por morir; porque aún hay mucho por hacer.

Una de esas cosas por hacer primero, es comprender qué es la vida y hacerla útil, poniéndola al servicio de los demás. Nelson Mandela, al respecto expresó, “cuando un hombre ha hecho lo que él considera como su deber para con su pueblo y su país, puede descansar en paz. Creo que he hecho ese esfuerzo y que, por lo tanto, dormiré por toda la eternidad.”

A la muerte hay que darle su lugar. Sólo es importante en la medida que nos motiva a darle valor a la vida, a lo que dejamos a los que nos suceden en su ciclo.


viernes, 19 de febrero de 2021

Cultura del odio

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

La mayoría de seres humanos, si no la totalidad, convivimos -de manera silenciosa- con odios fobias y miedos. No obstante, practicarlos en nuestra cotidianidad, no los reconocemos y tampoco aceptamos. Nuestros mecanismos de defensa los disfrazan, la mayoría de las veces, o encubren hasta invisibilizarlos; pero no por ello dejan de ser dañinos.

El reto es dominarlos y evitar que afecten a terceros o nos dañen a nosotros mismos. El odio, por ejemplo, predicado y puesto en la cabeza de la gente, se hace un arma letal y vuelve a los humanos que lo promueven y aceptan en seres altamente peligrosos.

Es fácil odiar y quién lo fomenta lo sabe, y hasta placentero le resulta, por las ganancias que le genera. Otros odian por desconocimiento, por falta de comprensión de aspectos sustantivos de la vida y sus acciones son comprensibles pese a ser injustas.

Sea cual sea la motivación, el contexto social para su desarrollo es favorable, considerando que aun vivimos en un mundo sin oportunidades para todos y todas y con aberrantes expresiones de injusticia y abuso de poder, entre otros planos, político económico y religioso.

El que odia vive prisionero de sus complejos y resentimientos, pasados y presentes, es desconfiado y rencoroso y no tiene capacidad de autoevaluación. Sin darse cuenta, incluso, por la disminución de su capacidad de razonamiento, una de sus varias expresiones nocivas, daña -al exponerla- a su familia y arrastra a ese esquema autodestructivo a los de su entorno; porque todos terminan siendo rechazados socialmente.

Los que odian y enseñan a odiar pierden horizonte, porque las cosas que ocurren en el mundo sólo son adecuadas si a ellos les conviene. Nada existe sin su participación y todo es inútil e inservible por el sólo hecho de que así ellos lo califican. No importa cuán bueno sea un propósito u objetivo, para quien vive y fomenta una cultura del odio siempre será un adefesio.

Por lo general estas personas no tienen amistades, porque en sus relaciones sólo hay intereses y beneficios. Descalifican con la velocidad de la luz. Si les resultas útil te buscan, de lo contrario no existes; porque la envidia que tienen -a todo- es descomunal y los ciega. Viven existencias utilitarias y vacías y -pese a sus discursos moralizadores éticos y principistas- sus actos los dibujan de cuerpo entero como humanos; porque ni siquiera la genuina historia o las reglas existentes respetan. Son malos perdedores, siempre.

Son extensiones de la cultura del odio el oportunismo, la mentira, la irresponsabilidad, el abuso de poder, el fanatismo, la vida fácil, la soberbia y otras taras humanas. Nadie se salva de sus ninguneos, atropellos y zarpazos. Son una bomba de tiempo cuando los que promueven la cultura del odio tienen inclinación por la corrupción y son parte del denominado mundo político.

La cultura del odio impide pasar página y reconciliarnos. Está estacionada en nuestra sociedad y tiene millones de rostros y voces en cada altitud y latitud. Es la madre de la vulneración persistente a nuestros derechos por los Estados y pretexto social perfecto para que sigamos como rehenes de la violencia y la muerte.

Nuestras diferencias, culturales religiosas políticas y de mentalidades, son parte de nuestra riqueza, no son problema. Son un factor común que nos une y no tienen por qué ser la razón de nuestros odios, que benefician siempre a quién los promueve utilizando el nombre de muchos.

Considerando lo que nos ocurre como humanidad en este tiempo, siguiendo a Mahatma Gandhi, debe ser un objetivo de vida no dejar que se muera el sol sin que nos hayamos deshecho de nuestros rencores y odios.

jueves, 11 de febrero de 2021

¡No todo está perdido!


Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

Vivimos tiempos en los que el egoísmo, la mentira, la necedad, el abuso, la prepotencia, la imposición y, entre otras tantas taras humanas, los antivalores contaminan y taladran las relaciones humanas en su pretensión de penetrar, instalarse y perpetuarse.

No obstante, mientras existan humanos que adopten decisiones y ejecuten acciones equilibradas, coherentes, lógicas, justas, de desprendimiento y de renuncia en pro del bien común, el mundo tendrá razón de existir. En tanto sobrevivan hombres y mujeres con cultura de servicio –sin esperar nada en su beneficio–, haya gente que lucha por los derechos de aquellos que ignoran y no pueden defenderse, seguiremos siendo esperanza.

Aún hay gente buena. Personas que valoran la vida, destinan su tiempo para desarrollar acciones altruistas y de bien para sus pueblos. Seres que se respetan a sí mismos y que, en ese sentido, tratan al prójimo con verdadera bondad y fraternidad. Individuos que entienden la esencia de la dignidad del ser humano y se esfuerzan en darle contenido material y no en discurso, verbosidad y dogmatismos religiosos. Humanos que no ven con sospecha y duda a su sombra, que no se detienen en minucias ni formalismos, que no olvidan sus raíces y tienen sus sentidos abiertos y dispuestos para servir.

Hace unas semanas, una vez más, la vida me premió con una vivencia que enseña, orienta y enriquece mi espíritu. Dos de mis tíos más queridos de la “tercera edad” viajaron por más de 15 horas por unos trámites de Chepén a San Miguel y luego a Cajamarca en Perú. Estacionaron por unos minutos su vehículo en la plaza principal para comprar unos medicamentos, al ver otros autos parqueados. Desconocían las reglas de restricción vehicular. La autoridad municipal secuestró, sin su conocimiento, su vehículo en instantes y se inició su calvario en la ciudad donde murió el Inca Atahualpa. Enterado de lo que les ocurría “toqué varias puertas” desde Bolivia, en varios niveles institucionales, con el fin de ayudarlos y, cuando estaba por darme por vencido, apareció un abogado al que conocí en mis relaciones con la Universidad Antenor Orrego de Trujillo hace más de 18 años. José Manuel Rojas Villar no solo hospedó a mis tíos, sino que les dedicó dos días de su tiempo como abogado y solo se despidió de ellos cuando les devolvieron su vehículo. No pidió más que hacer lo mismo con cualquier prójimo en situación de necesidad.

Por eso sorprende que haya humanos que se afanen tanto por mantener y concentrar poder, bienes materiales, generar falsas imágenes de sí mismos con el fin de ser reverenciados. Decepciona aún más que para obtener estos “logros”, esos pobres seres no vacilen en atropellar y abusar de las reglas de juego existentes, que maltraten a los que llaman amigos o hasta den la espalda y se ensañen con sus propias familias.

Lo trágico, en este pantallazo de nuestro paso por este mundo, es que, por lo general, los que padecen de estos lastres pierden la perspectiva de que la vida es corta y que hay que recorrerla intensamente, despojándonos de cruces del presente y anclas del pasado. Les aterra hablar de la muerte, porque en el fondo saben que las consecuencias de sus actos y la forma como se vinculan con el mundo que los rodea, siempre los perseguirá.

Cada persona elije qué ser y cómo relacionarse con los demás. Sería bueno, en ese sentido, preguntar a los seres que decimos amar ¿cómo nos ven? y a los que llamamos amigos ¿qué valoración tienen de cómo nos vinculamos con el mundo?

Para que no todo esté perdido, trabajemos construyendo paz en cada ser. Solo si hay paz en el alma de los humanos, habrá sentimientos de amor por los mismos. Sin esos sentimientos, es impensable personas con capacidad de servicio.

jueves, 23 de julio de 2020

Renovar la clase política, un objetivo nacional

Publicado en:
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

En este tiempo, es insostenible hablar de democracia representativa sin la existencia y la actuación de los denominados partidos políticos. Tampoco es concebible un partido político sin mecanismos, permanentes y persistentes, entre otros elementos, de renovación de su dirigencia y participación efectiva de sus integrantes.

Los partidos políticos –y aquí radica, en teoría, un plano insustituible de su importancia– son los principales articuladores y aglutinadores de los intereses sociales. Juegan relevantes funciones en la relación entre sociedad y Estado que van más allá de la mera contribución a los procesos electorales, pues afirman las reglas del juego institucional de pesos y contrapesos de la vida democrática de un país.

Es secundaria la doctrina u orientación ideológica que adopte cualquier partido político, mientras cultive valores y principios humanizadores, de protección a la naturaleza y, entre otros, de respeto a los derechos individuales y colectivos de las personas.

En esta perspectiva, debe ser objetivo de todo país que apuesta por vivir en democracia, construir y consolidar partidos políticos. Formas de organización con, entre otros elementos, ideología, objetivos, estructura y organización, forma de participación interna, transparencia, líderes, reglas y requisitos de participación, relaciones con sus miembros y con el resto de la sociedad, eficiencia y representación en los distintos niveles –posibles– de ejercicio del poder estatal.

En muchos países, en las últimas décadas, estos presupuestos morales y principistas, no están concurriendo en la formación y desarrollo de organizaciones de participación política. Por eso éstas, si no han sido captadas por estructuras criminales, están siendo creadas con fines delictivos. Órdenes que promueven y facilitan la corrupción y otros crímenes, pero también para asegurar impunidad a sus integrantes aliados y operadores, usando las normas y procedimientos e instituciones del Estado.

Vivimos una torcida realidad que es alentada por la indiferencia de una población que calla, por desconocimiento conveniencia miedo y otras formas de adormecimiento que debemos reconocer para superar.

La participación política en nuestros países no ha evolucionado. Alcanzar madurez social, desde una perspectiva democrática, con partidos políticos sólidos, institucionalizados por medio de elecciones primarias en la cabeza y en las listas, por ejemplo, aún es lejano en esta parte del mundo. Lo que tenemos son caudillos e improvisados al frente de su club de amigos y financistas internos e internacionales, que aparecen cada cuatro o cinco años en la arena electoral junto a aliados que, por lo general, en lugar de sumar con propuestas constructivas y masa crítica, restan debido a que no tienen visión de país ni localidad y porque su camaleónico pasado partidario o criminal los precede. Sólo contadas personas, de estos círculos de intereses, al ser nuevas en escena escapan a esta regla.

Necesitamos, por estas y otras consideraciones que están en el debate regional, repensar nuestras formas de participación política y recrear los partidos políticos. Rescatarlos y ponerlos al servicio de la democracia, depende de la calidad moral y misión social de quién decida incursionar en política.

Resulta ilógico, por ejemplo, que la mayoría de la representación en el Congreso peruano, a meses de ser elegidos –luego de la disolución constitucional de la anterior composición– y estar en funciones, pese a que fue bandera electoral de la mayoría de agrupaciones, se aferren a la inmunidad para generar impunidad. Lo propio, que sigan en actitud de vendetta y amenaza a los otros poderes del Estado, cuando de lucha contra la corrupción política o reformas políticas se trata.

En ese sentido, sepultar la tradicional forma de hacer política, esa que engaña al elector y burla su confianza, es indispensable. Nuestros países no pueden permitir que sigan postulando a cargos públicos personas con antecedentes criminales. Tampoco, entre otras caracterizaciones, que el debate político nacional esté basado en promesas vacías, populistas, desarraigadas, inviables, irresponsables y plagadas de odio.

Si no queremos que nos sigan engañando y postergando como pueblos, por más tiempo, hagamos de la política nuestra ocupación a tiempo parcial. Sólo en ese rumbo, podremos cumplir el objetivo nacional de renovar la clase política que nos usa y luego da la espalda.


jueves, 11 de junio de 2020

Apostemos por un mundo sin discriminación

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

Quien promueve o practica alguna forma de discriminación, arrastra la más vil de las degeneraciones humanas.

En ese entendido la lucha contra la discriminación, que es un viejo ideal humanitario de todo pueblo civilizado, debe ser también prioridad y meta alcanzable. Estamos en el siglo XXI y nuestras diferencias como edad, capacidades físicas diferentes, género o de sexo, racial o por origen étnico, nacionalidad o religión, no pueden seguir siendo expresión de un prejuicio para la exclusión, el desprecio, la violencia o el asesinato.

Quien discrimina expresa taras adquiridas. Lo hace, por lo general, para satisfacer sus intereses ideológicos, sociales, económicos, políticos y de otra índole; intenta alimentar sus ínfulas de superioridad y egocentrismo. Conoce pero poco le importa que los principios fundamentales de igualdad y no discriminación son consustanciales a la existencia humana y que, entre otros aspectos, aquellos conflictos basados en odios y dominios, de unos sobre otros, solo han servido para tener, hoy, un mundo inequitativo, injusto y en descomposición social.

En esa medida, la comunidad internacional a través de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) desde 1945 sigue “realizado esfuerzos” para superar este problema, prohibiendo la discriminación racial y consagrándola en los principales instrumentos de derechos humanos. Lo propio ha hecho, desde 1948, la Organización de Estados Americanos (OEA). No obstante, esos auspiciosos marcos jurídicos internacionales, que por un lado tienen que ver con las obligaciones para los Estados de erradicar la discriminación en los ámbitos públicos y privados y por otro la exigencia de adoptar medidas especiales para eliminar las condiciones que causan la discriminación racial o que contribuyen a perpetuarla, persisten el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia en gran parte del mundo.

Lo curioso, en este panorama, es que en aquellos países donde se ha construido un suficiente marco jurídico interno, para luchar con eficacia contra la discriminación, es su propio gobierno el que discrimina. Se aprecia en ellos una gran carga emocional de odio y frustraciones y al que consideran “diferente” o “no alineado” a su facción política lo estigmatizan. Es como veneno que acumulan permanentemente y que necesitan expulsar. Lo encontramos en todos los colores políticos, sobre todo en nuestra América de estos últimos años.

Los discriminadores saben lo que hacen, pese a ello hay que tenerles compasión. Hay que ayudarlos a cultivarse con educación en valores y principios, educación de calidad, porque su problema es cultural y por eso no practican una vida con perspectiva humanizadora.

Es tiempo de comprender que la humanidad es diversa y que las personas somos diferentes. Hablo como “serrano” porque nací y crecí en Agua Blanca (San Miguel, Cajamarca), soy peruano, mis padres fueron agricultores, tengo mediana estatura y también me alimento de cancha y quesillo; eso no me quita que sea un ser humano con sangre sueños y sentimientos, como todos y todas.

Es momento de ajustar nuestras estructuras sociales e institucionales a fin de facilitar la inclusión, movilizando y erradicando prácticas sociales discriminatorias profundamente arraigadas, prejuicios y estereotipos que se utilizan para sostener diferentes formas de desigualdad.

En este marco, el asesinato de George Floyd, hace unos días en manos del policía Derek Chauvin y otros en Estados Unidos, revela los prejuicios y la ignorancia que aún existe en uno de los países que muchos reconocen como icónico y emblemático de respeto al derecho ajeno y cumplimiento de la ley.

Queda claro, en orden a lo expresado, que la discriminación racial y étnica ocurre cada momento del día e impide el progreso de millones de humanos en el planeta. También, que las diversas expresiones del racismo y la intolerancia destruyen vidas al propiciar el odio étnico que, como está registrado en la historia, nos ha legado un siglo de genocidios como los de Armenia, Ucrania, el Holocausto nazi, Ruanda, Camboya entre otros.

Resaltar y defender lo que somos es una forma de disfrutar de nuestra diversidad étnica y cultural y de luchar contra los discriminadores y las discriminadoras. También lo es no hacer eco a los que promueven y practican las formas de discriminación como manera de dominación y sostenimiento del estado de cosas.


viernes, 8 de mayo de 2020

La mejor opción es mejorar

Publicado en:
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
El Clarin (Cajamarca)

Hoy nuestra humanidad tiene otra oportunidad para reparar sus errores, que ojalá no la desperdiciemos. Si sigue siendo egoísta, mentirosa, maltratadora de la naturaleza, discriminadora, agresiva, con ínfulas de superioridad sobre su misma especie, intolerante, desleal, hipócrita, odiosa y rencorosa, sin capacidad de escucha, ambiciosa y avara e indiferente, cada vez sumará más a su autodestrucción.

En ese sentido, hace más de dos siglos, reflexionó Víctor Hugo cuando definió que el futuro tiene muchos nombres. Dijo que para los débiles es lo inalcanzable, para los temerosos lo desconocido y para los valientes es oportunidad.

Siguiendo esta línea de reflexión corresponde con valentía, superando nuestros temores y debilidades y con honestidad aceptando que, torpemente, seguimos viviendo en una sucesión de errores, asumir el compromiso de transformar nuestras crisis, algunas estructurales como la sanitaria que hoy desnuda y nos enrostra el covid-19, en oportunidad.

Como hasta hoy, no podemos ni debemos quedarnos en solo la crítica social y en discurso político, sobre esta crisis sanitaria y lo que pudo o no hacer cierto gobierno para enfrentarla sin tantas pérdidas humanas y económicas. Queda claro que todos y todas debemos ayudar, considerando que poco o nada hicieron en materia de salud –en el pasado por falta de exigencia social– nuestros Estados. Un buen inicio, esto es con compromiso y responsabilidad social, debería permitirnos, por un lado, discernir sobre qué es prioritario para los pueblos y, además, arrancar compromisos de su cumplimiento a los políticos, gobernantes y otros actores sociales relevantes. Es necesario y viable.

No estoy incentivando la generación de respuestas reactivas coyunturales cosméticas e improvisadas. Tenemos problemas estructurales que necesitan respuestas y soluciones integrales. Insinúo darle importancia y atención a lo sustantivo, a lo necesario, a aquello que tiene que ver con la continuidad de la humanidad. Planteo ir más allá de solo controlar al covid-19, potenciando y multiplicando los servicios de salud en infraestructura, recurso humano, accesibilidad, modernidad y tecnología, protocolos y economía para su operatividad.

Primero lo principal. Seguir atendiendo los requerimientos sanitarios y humanitarios producto de la pandemia que acosa a nuestros países, no puede dejar de ser lo central. La recesión que se avecina es inevitable y la debemos enfrentar con un restablecimiento progresivo de las actividades económicas, respaldados por los positivos indicadores económicos de los que nuestros gobernantes han alardeado en estas últimas décadas. Suma a la inequidad e injusticia social y alienta la protesta y violencia social que los beneficios económicos que otorguen los gobiernos en este proceso, en su propósito de reactivar la economía, sean solo para aquellos que más tienen y los paguen, a la larga, los medianos y pequeños empresarios, trabajadores y sectores en situación de vulnerabilidad.

En este horizonte, las opciones se reducen a una: debemos mejorar nuestras relaciones personales (sociedad) y globales (Estados). El miedo a la muerte, hoy todos la tienen y los que no poseen –por sus propios actos– la conciencia en paz viven aterrados, debe ser el gran motor para el cambio de rumbo en nuestra conducta y acciones.

Es necesario, también, replantear nuestra visión de lo que sigue. Usemos elementos científicos e interdisciplinarios. Si el 42% de la población quedó desempleada o sin ingresos y hay hambre en el planeta, su solución no solo debe ser desde la mirada económica. Incluso el “diálogo democrático” y el “discurso pedagógico” deben, para ser útiles, nutrirse de elementos técnicos y seguir anclados en aspectos ideológicos y políticos.

Contener los efectos del aumento de la desigualdad, el desempleo, el hambre, la violencia, nos obliga a tener a la persona como el fin y objetivo fundamental. No le tengamos miedo al cambio, avancemos quemando algunos puentes y construyendo otros.

jueves, 23 de abril de 2020

¿Dónde estás solidaridad?

Publicado en:
Correo del Sur (Sucre Bolivia) 

Los humanos rigen su comportamiento y acciones, basados en principios y valores que adquieren en el curso de su vida. Estos, practicados de forma colectiva o de modo individual, suman a la identidad de cualquier forma de organización social. Son las columnas, más o menos como los ordenamientos jurídicos, que se construyen con el fin de proteger, organizar y regular la convivencia en un orden social deseado.

Uno de ellos, de los varios existentes, es conocido como solidaridad. A lo mejor el más popular pero, sobre todo en los últimos tiempos, descuidado y silenciosamente trillado e instrumentalizado para mantener el statu quo.

Tanto en el marxismo como en el capitalismo y en el budismo como en el cristianismo, ejemplos de algunos planos de concepciones de lo humano, con más o menos repercusión, siempre se habló de la solidaridad como “pilar”, “compromiso”, “reivindicación social”, “principio fundamental de moralidad social”, etc. No obstante, excepto minúsculos casos, sólo hemos visto discurso, tenemos sociedades con doble moral.

En ese sentido hoy, aunque cada vez hay menos, están quiénes entienden y practican a la solidaridad como el valor supremo que marca su relación con el prójimo. Lo curioso en estas personas es que no están adscritos a ideologías ni credos. Promueven conductas orientadas a un mejor desarrollo de la colectividad, poniendo al servicio de ese propósito sus principales recursos. En esa perspectiva, se esfuerzan para no caer en la “palabrería hueca”, que nos tiene rodando por la pendiente de la pérdida de valores.

Si bien es cierto la solidaridad no es obligatoria, es un compromiso moral que debemos tener respecto a quiénes están en situación de riesgo o necesidad. En esa línea reflexionaron, pese al carácter histórico de su momento, Aristóteles (385 - 323 a. C) cuando definió que la esencia de la vida era “servir a otros y hacer el bien” y Alejandro Magno (742 - 814 d. C) cuando expresó que “de la conducta de cada uno depende el destino de todos”. Estas perspectivas hoy, frente al covid-19 que tiene a la humanidad entera (a “ricos” y “pobres”) entre cuerdas y a los sistemas de salud ensayando, mantienen intacta su vigencia.

Necesitamos, porque es un horizonte real que ofrece posibilidades considerando que no hay de dónde escoger soluciones, rescatar y reconciliarnos con la solidaridad; el valor humano más importante y esencial que todos y todas debemos practicar, dándole contenido tangible a través de acciones que signifiquen desprendimiento y que se plasmen en ayuda, por ejemplo a los que padecen en este preciso momento hambre en el campo y la ciudad. No podemos seguir viviendo de espaldas a la realidad y justificándolo todo con golpes en el pecho.

Las estructuras religiosas, sociales, económicas y de ejercicio de poder por medio del Estado, por la inequidad existente y que tiene que ver con la manera en que concebimos a la solidaridad y otros valores y principios, tarde o temprano colapsarán si no reorientamos nuestras relaciones hacia pactos sociales más equitativos inclusivos y perdurables.

El individualismo y el egoísmo no pueden seguir extinguiendo a la especie humana. Estas aberraciones, que inician y se proyectan desde el llamado hogar, siguen engendrando de modo alarmante pero aun reversible, miseria material y moral que, sin ser la única causa en uno de sus extremos, tiene según Naciones Unidas a más de cien millones de personas en “la forma más grave de hambre”.

En esta perspectiva, siguiendo al peruano Fernando Silva Martos, también le ganamos al covid-19 si avanzamos, pero superando viejos problemas como “información mediática inexacta, protagonistas espurios, corrupción, aprovechamiento de malas autoridades, enfrentamientos estériles, abuso de poder, discutibles decisiones, falta de recursos y debilidades estructurales”. Sin que ello signifique transigir, también sugiere “mirar… al futuro y continuar en la brega, aun cuando el desaliento de los inconformistas, de los corruptos, de los irresponsables, de los aprovechadores y de todo aquel mal ciudadano que no respeta las reglas”.

Está en nosotros ser instrumentos del cambio que pregonamos y queremos ver en el mundo.

 


jueves, 9 de abril de 2020

También hay que cuidar los alimentos

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
elPotosi (Potosí Bolivia) 

Es inminente que otra crisis inicie, si no reaccionamos a tiempo, y tiene que ver con los medios de subsistencia o también llamados alimentos, considerando que ya somos más de 7,700 millones de habitantes en la Tierra; de los cuales 1,400 sufren “pobreza extrema” y casi 820 padecen “hambre crónica”, no tienen acceso al agua potable y a servicios básicos como la salud, la educación y otros.

El COVID19, que es una de las casi 40 especies de coronavirus que conviven con los humanos desde hace más de 5,000 años, ha puesto en evidencia nuestras debilidades y tiene contra las cuerdas a lo que conocemos como “civilización”. Nada ha detenido su avance y crecimiento en contagio. Los primeros países en mostrar mayor tasa de mortalidad -hasta hoy- son los de Europa (Italia llegó al 12.3%, España al 9.6% y Reino Unido al 2.9% al 5 de abril) y Estados Unidos (2.9% a la misma fecha); países auto identificados como del “primer mundo” y con sistemas de salud “modélicos”.

En Sudamérica, donde ya hemos superado los 427 millones de habitantes, lo que está ocurriendo en Brasil (681 fallecidos) y Ecuador (191 fallecidos), a inicios de esta semana, es una señal poco alentadora de lo que puede pasar en el resto de países, considerando que la expansión del COVID19 encuentra escenarios políticos tensionados fragmentados y dediles, sistemas sanitarios ineficaces deficientes y colapsados y economías precarias y en incertidumbre.

Estamos en un momento crucial de la historia humana en el que se requiere respuestas integrales a nivel de Estados y globales a nivel de la comunidad internacional. No sólo está en juego la vida, sino también la subsistencia de la especie humana, si nuestras autoridades -en los diversos niveles de gobierno del Estado- no adoptan medidas tendientes a garantizar la “seguridad alimentaria”; término que alude tanto al suministro como a la demanda de alimentos a través de su disponibilidad, el acceso económico suficiente de las personas a ellos y su diverso y nutritivo aprovechamiento biológico de los mismos.

En este contexto, siguiendo lo que recomienda la Organización de las Naciones Unidas para Alimentación y la Agricultura - FAO, a partir de su experiencia de la crisis de 2007-08, cualquier medida que adopten los Estados “debe estar orientada a proteger a los más vulnerables… y mitigar los efectos de la pandemia en el sistema alimentario”. Añade que “los responsables políticos de todo el mundo deben… hacer que esta crisis sanitaria se convierta en una crisis alimentaria totalmente evitable”.

En esa perspectiva, resulta evidente que el sistema alimentario mundial está también en prueba. Lo más probable es que estemos produciendo menos alimentos, como consecuencia de las medidas adoptadas en cada país como las restricciones de movimientos y escases de fertilizantes y medicamentos veterinarios y otros insumos, en el marco de las cuarentenas, que podría afectar a la producción agrícola y ganadera. Cuenta además que el cierre de restaurantes impacta en las compras en tiendas de comestibles y que se ha reducido la demanda de productos frescos y pesqueros, lo que está afectando a productores y proveedores y que la agricultura y la pesca están siendo seriamente afectados por la paralización de la industria del turismo, el cierre de negocios de comida y la suspensión de la alimentación escolar, entre otras actividades.

En este contexto, los segmentos que ya están sufriendo más son los pobres y la población en situación de vulnerabilidad (migrantes, desplazados, los que padecen conflictos, niños y niñas, personas de la tercera edad, pequeños agricultores, ganaderos y pescadores, etc.), los sectores comprendidos en la cadena de producción de alimentos deben ser escuchados. Pasar por alto propuestas que parten de la realidad y lo vivencial, por ejemplo de la Junta Nacional de Usuarios de los Sectores Hidráulicos de Riego del Perú que apuntan a la erradicación del hambre y la construcción de sistemas agroalimentarios inclusivos y sostenibles, es sumar a la materialización de la inminente crisis alimentaria.

Ya es atentatorio para la vida sufrir sistemas de sanidad pública y protección social con capacidad limitada y en muchos casos irreal, como para -también- sumar inseguridad alimentaria en nuestros pueblos. Por eso se debe evitar medidas que afecten a la producción y el comercio agrícolas. Las frutas y hortalizas frescas, el pescado y los productos pesqueros, deben seguir llegando a nuestras mesas.

jueves, 2 de abril de 2020

Si queremos vida, trabajemos por la salud

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia) 

Así como la educación es una de las armas más poderosas que podemos usar para mejorar el mundo, proveer de servicios de salud a los pueblos de la Tierra es la mejor forma de apostar por vida con dignidad.

Trabajar por la salud es mostrar respeto al ser humano, es proporcionar a la población -en general a toda y no apenas a unos cuantos- los medios necesarios para enfrentar enfermedades y ejercer un mayor control sobre estas, es desarrollar acciones de justicia que permitan alcanzar un estado adecuado de bienestar físico mental y social, es fortalecer la unidad del hombre con respecto a la naturaleza y crecer la amplitud y profundidad de su inclusión en el medio circundante. Es mostrar lo mejor de lo humano.

No podemos aspirar a la continuidad de la vida como especie, si no comprendemos su ciclo y respetamos las reglas naturales de nuestro planeta y las que rigen su relación con el Universo. Necesitamos dejar de jugar a ser dioses y poner -con humildad- el conocimiento y la ciencia al servicio de la humanidad. Resulta fundamental repensarnos y renovarnos como humanos y, recreando marcos normativos e institucionales y superando discursos que cada vez resultan más inservibles como la “soberanía de los Estados”, avanzar en la construcción de verdaderos mecanismos nacionales e internacionales de protección de la salud. Los esfuerzos nacionales son reconocidos pero han demostrado ser inútiles en tiempos de crisis, porque sus canales de comunicación y coordinación son débiles y en muchos casos inexistentes. No hemos comprendido que en asuntos de salud, todo se relativiza y las líneas imaginarias llamadas fronteras no existen.

En este proceso, así como en otros donde las reglas y los protocolos las ponen la ciencia y la tecnología, los políticos también deben dar un paso al costado. Sólo deben limitarse a acompañar el anuncio de la adopción de medidas y de ese modo evitar la distorsión e instrumentalización de las mismas a favor de sus intereses partidarios e ideológicos. Reposicionar la política desde este ángulo, como instrumento de ejercicio del poder al servicio de los pueblos, es dar certidumbre al mundo de que estamos aprendiendo y que navegamos hacia formas mejores y superiores de vida.

Conocimiento compartido, sinceridad y responsabilidad, son tres atributos que las acciones humanas deben sumar en su esencia, en adelante, para guardar esperanza de que venceremos a este (el coronavirus) y otros acechos futuros. Nos alcanza a todos y todas y no solo a los que gobiernan nuestros pueblos y países. En esa perspectiva, la construcción de políticas de Estado en salud, que dicho sea de paso obedece a un proceso mayoritariamente técnico y científico, si recae en personas que no tienen estas condiciones, se convierte en cualquier cosa menos en oportunidad de tener sociedades con servicios de salud accesibles eficaces eficientes y con altos niveles de predictibilidad y previsión.

La pandemia del coronavirus, ha puesto a todo en cuestionamiento. Hasta el Derecho interno e internacional está en jaque, porque no previeron la atención de supuestos básicos que -como siempre ocurre en casos de crisis- ahora impactan mayormente en los sectores en mayor situación de vulnerabilidad y pobreza. La economía sigue ofreciendo respuestas inconsistentes en su afán de seguir manteniendo el predominio de grupos de poder y su reacomodo en el “orden mundial”. Cada ciencia tiene sus puntos flacos y, por donde las miremos, exhiben sus debilidades y no ofrecen un rumbo a seguir.

Vivimos tiempos difíciles que debemos convertir en oportunidad. El aislamiento e incertidumbre que hoy nos acongoja y deprime, podemos transformarlos en ocasión para cultivar un diálogo interno -les planteo el reto de descubrir un propósito en su vida, aún estamos a tiempo- y uno externo de masas de alcance mundial que contribuya a establecer prioridades en nuestras sociedades y Estados. Salud, justicia, educación, alimentación y otros, siempre serán prioridad y dice mucho del tipo de país que tenemos.

Si queremos vivir, apostemos por materializar el derecho humano a la salud. Si no lo hacemos en este tiempo, trabajando por lograr sistemas útiles, estamos condenándonos a sufrir una y mil veces otras plagas y de mayores consecuencias en la vida humana."

jueves, 26 de marzo de 2020

Trabajo articulado

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)

Es, entre otros, objetivo consustancial de todo Estado, la búsqueda de la convivencia a partir del respeto y garantía de los derechos humanos; a través de la prestación de servicios eficaces y eficientes como los que hacen a la salud.

En esa perspectiva, nuestras autoridades están instituidas para servir a la población y proteger a todas las personas residentes en sus -respectivos- territorios (dependiendo de sus niveles de gobierno), en su vida, honra, bienes, creencias, y demás derechos como la salud y libertades, y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares.

Las instituciones del Estado, que también son nuestras porque como población hacemos Estado y se deben a nosotros, deben tener su ruta trazada y todas hacia una misma dirección; cuando de prestación de servicios se trata. Lo lógico es que, más allá de la caracterización de su mandato legal, se complementen en sus distintos niveles de organización. Lo absurdo es su inacción, que se entorpezcan u obstaculicen; como ocurre en algunos países en nombre de las autonomías, la libertad de expresión e incluso derechos políticos.

Una autoridad siempre sumará si se informa y disemina -oportunamente- con criterios de razonabilidad y pedagogía social datos sistematizados de la realidad y su labor. Si es coherentes y previsor, que es lo óptimo, afirma su función y legitima a la institución que representa.

Resta que cada uno de los niveles de Gobierno en nuestros países, como hasta ahora está ocurriendo, atienda necesidades a su manera y -donde lo hay -con su propio “plan”. Un Estado con autoridades y servidores eficientes eficaces y con mente abierta, si produce cambios en el transcurso de sus funciones o de autoridades, evita que los reemplazantes traigan un nuevo plan, no deja de lado lo que ya está hecho por el saliente; sigue una hoja de ruta temática e institucional, afirma y busca que sus acciones sumen y hagan política de Estado.

En este marco, siguiendo lo que nos ocurre -como humanidad- con el Coronavirus, es agravante inmoral e inaceptable que los políticos y sus operadores -principalmente mediáticos- inmiscuyan sus intereses partidarios con el fin de afectar una gestión que, dadas las excepcionales circunstancias, representa una única lucha; cuyo desenlace aún es incierto.

Por eso, para una autoridad, siempre suma informarse e informar -oportunamente- con criterios de razonabilidad y pedagogía social. Evitar las improvisaciones, porque afectan intereses que hacen a la existencia de sus pueblos como tal, debe ser regla.

En todo orden de intervención de un Estado, si existen objetivos -conocidos- a alcanzar, ayuda a la posibilidad de controlar la marcha de sus gobiernos de turno (alcaldes, gobernadores, presidentes y otras autoridades); en el sentido de apoyar sus aciertos y demandar a tiempo la corrección de sus errores.

Para no seguir lamentándonos, como veo ocurre hoy en mi Cajamarca y otros pueblos del mundo, los distintos niveles de Estado deben trabajar de modo articulado. Abordar la complejidad de los desafíos de este tiempo, desde este enfoque, también es una necesidad fundamental que sólo exige voluntad y desprendimiento de nuestras autoridades y el ejercicio de una ciudadanía responsable.

Si queremos revertir la imagen de que en nuestros países tenemos sistemas políticos fallidos y cerrar el paso a aventuras personales de caudillos y mesiánicos, nuestros Estados deben trabajar de modo articulado en sus distintos niveles de gobierno. Si es afirmado con marcos permanentes y persistentes de participación social, y en una relación de corresponsabilidad y coordinación colaborativa, podemos mejorar realidades.

viernes, 21 de febrero de 2020

No se trata de ser el primero

Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)
Correo del Sur (Sucre Bolivia)
Los Tiempos (Cochabamba Bolivia)

Los humanos, en su gran mayoría, en nombre de la “competitividad”, la “excelencia” y otras categorías prefabricadas para “diferenciar” y “distinguir”, se esfuerzan por ser los primeros –en todo– y olvidan lo esencial, que es conseguir ser buenas personas. 

Es lo central, si bien es cierto no todo está perdido, en la crisis de valores que nos acosa, enfrenta y extingue, debido a que ser el primero –a cualquier precio– es lo que finalmente está importando e imperando en este tiempo. El “sistema” está diseñado así en sus distintos planos y se afianza con escasos cuestionamientos.

Ser el primero es bueno, pero no significa ser el mejor. Se puede ser el primero, pero hay que cuidar la sustancia, que la persona no pierda el alma y esté dispuesta a mantener los pies en la tierra.

Ser mejor es tener la mente abierta y caminar con paso firme, aprendiendo y enseñando y viceversa, hacía objetivos que ayuden a la construcción de un mundo mejor, con igualdad de oportunidades y justicia. Es no encerrarse en su “mundito” de envidia, vanidad y egoísmo. Es reflejarse, autocríticamente y de modo permanente, en el espejo de la calle o lo rural y tener misión de vida y horizonte social.

Ser mejor es haber desarrollado capacidades para discernir sobre aquello que suma y no resta, decidir con criterio de equidad, y priorizar entre lo efímero, superficial e irrelevante de aquello que verdaderamente le da contenido a las cosas valiosas y la misma vida. 

Es además, entre otros tantos aspectos, responsabilidad, desinterés por las cosas materiales, bondad, servicio, trabajo, solidaridad, optimismo, respeto, perseverancia, pasión, empatía, gratitud y alejamiento de los problemas y las personas ruidosas utilitarias y mezquinas. Es despojarse del autoritarismo, abuso, arbitrariedad, sospechas y dudas que alejan la oportunidad de lograr paz.

No se trata de ser el primero, se trata de ser mejor ser humano. Por eso, es terrible el error en el que se encuentran aquellos padres que exigen a sus hijos ser los primeros. Sin darse cuenta hasta sacrifican sus familias, salud y economía para mantenerlos en un pedestal que, si bien es cierto genera prestigio social y renombre, en el fondo, por el rigor que impone mantenerlos en ese estatus, terminan saturándolos y, a futuro, con anticuerpos frente a los estudios y otros aspectos de fondo de toda agenda de vida responsable y productiva.

¿Qué significa ser el primero?, ¿Estamos en verdad realizando esfuerzos para tener hijos y nietos con espíritu y acción transformadora y alma justiciera?, ¿Al inculcarles criterios de que deben ser los primeros, sin principios y valores universales, no estamos reproduciendo más miseria humana?, ¿No estamos dinamitando el mejor periodo de su vida al imponerles reglas que, más que de su conveniencia, obedecen a deudas propias con la vida o al ego de alimentar el culto a la personalidad y el ruido de las tribunas?

En ese sentido, de lo que se trata es de compatibilizar –en la reflexión y la acción– aquellos criterios que marcan nuestra relación con los hijos. Importa darles desde temprano libertad de –en todo– elegir, ayudarlos para que se generen capacidades que les permita ser útiles a su sociedad, forjar acumulación de imágenes vivenciales que los ayuden a tener y compartir la paz que llevan en el alma, promover su autonomía económica e independización y, lo fundamental, que aprendan a vivir con amor.

Hagamos lo posible para que nuestros hijos, en el curso de su existencia, siempre sumen. Ese es el primer ladrillo para construir una vida feliz.

martes, 11 de febrero de 2020

La última “fiesta democrática” del Perú


Publicado en:
El Clarín (Cajamarca Perú)
TRUJILLOPRENSAPERU (Trujillo Perú)

Uno de los atributos y ventajas de vivir en democracia, radica en el derecho de la población de elegir o ser elegidos bajo reglas de igualdad, libertad y respeto del sentido del voto; como formas de valorar la dignidad de las personas.

Este último domingo los peruanos y las peruanas elegimos, a otros connacionales para recomponer la función legislativa y tener un Congreso con una nueva representación hasta el 28 de julio de 2021, y el circuito -siempre perfectible- del juego democrático, volvió a operar y con resultados que todos y todas respetan.

Más allá de las “sorpresas” que el proceso electoral generó, en los que la mayoría está centrando su atención, transcurridos algunos días rescato -para continuar en el debate- algunos aspectos:

Pese a las debilidades institucionales y legales del sistema electoral, a diferencia de otros países, elegimos en libertad, bajo el imperio de nuestras leyes, consciencia y decisión. Como antes, hubo una campaña mediática invasiva y direccionada, que esta vez tuvo menor impacto en el electorado. Esto es bueno y corresponde rescatarlo analizarlo y alentarlo, considerando que tras estas estrategias de marketing mediático están las mafias que viven de la política y para ello la distorsionan y envilecen. No obstante, elegimos mejor.

Los políticos, en sus variopintas formas de organización y presentación, mostraron su rostro de siempre. No proyectaron propuestas y mucho menos sustentaron sus perspectivas del país, respecto a los problemas estructurales que nos afectan. Tuvimos más de lo mismo. Ruido, chismes, ataques mediáticos y escaso periodismo de investigación. Por más remozadas y costosas que estuvieron algunas caretas, compradas en el mercado de la politiquería, ninguna sedujo en la hora de elegir. De ese modo, los tranzas y rastreros de la política fueron castigados -severamente- en las urnas.

El pueblo encontró en este proceso una oportunidad y motivo de unión. Votamos en contra del autoritarismo, la concentración de poder, la corrupción y la impunidad. Hubo mayor información y por eso el voto lo orientamos a sancionar las alianzas mafiosas y los conciliábulos de aquella mayoría tramposa que mantuvo secuestrado al Congreso por años para generar impunidad a los crímenes de sus “líderes” y aliados en sectores clave del Estado.

Nuestro voto zanjó y deslindó con los oscuros intereses de los grupos de poder económico y mediático y los bloqueos y sabotajes, de estos y sus operadores en la política, a la vigencia de la Constitución Política del Estado. Votamos en respaldo y reconocimiento a la labor que cumplen jueces y fiscales del sistema de justicia anticorrupción para funcionarios públicos y otras islas del sistema de justicia, que están visibilizando -a partir de casos concretos- la importancia de una justicia independiente en la construcción de democracia.

En esa perspectiva, para que la fiesta democrática se vaya completando, los peruanos y las peruanas esperamos que las nueve (9) agrupaciones políticas elegidas, que por cierto no llegarán a los 67 votos para aprobar en “el pleno” las acusaciones constitucionales y tampoco a los 87 votos para nombrar a los nuevos integrantes del Tribunal Constitucional, no se aparten de lo esencial y respeten las reglas de juego democrático. En ese sentido, por ejemplo, cambiar la Constitución de 1993, necesita de un contexto social y político más favorable y maduro y sería un grave error intentarlo en este corto tiempo. Las mejoras que el país necesita (reforma política, reforma judicial, derogatoria de la inmunidad parlamentaria y otras) deben ser priorizadas, calendarizadas y, respecto a ellas, desarrollarlas en el marco de un debate nacional. Este diálogo puede ayudar a generar condiciones para ir perfilando el nuevo pacto social, que el país necesita y demanda.

También desgastaría y le restaría seriedad a la nueva representación nacional, si caen en la tentación de distraer el tiempo en el tratamiento de medidas populistas como la “pena de muerte para presidentes corruptos o para homosexuales”. Discutir sobre estos puntos es retrógrado y es señal de desconocimiento del carácter de progresividad que tienen los derechos humanos en el mundo.

Ahora nos queda vigilar a los que elegimos. Lo que ellos hagan -en este tiempo que sigue- y el perfil del Congreso del 2021 al 2025 depende, en gran medida, del tipo de control que ejerzamos hoy.